El timbre impertinente del teléfono separó la mano de Graciela de la humeante taza de té. Provenía del comedor y el sólo hecho de cruzar el pasillo la fastidiaba. Entre el llamado y ella, se interponía un campo minado de crayones, marcadores y cartulinas. Tomás, abstraído por su imaginación, no notó la presencia de su madre que buscaba sortear los obstáculos. Sin aminorar la marcha, en el instante que pasó a su costado, lo retó ligeramente por no jugar en su cuarto. El instante fue tan fugaz que apenas advirtió que Tomás tenía un marcador que sangraba tinta azul en su boca. Pero, insistente el teléfono, se apoderaba de sus sentidos y en consecuencia de sus preocupaciones. Eran los de la compañía telefónica para informarle que le cortarían momentáneamente la línea por unos arreglos. Esbozó un improperio. Al regresar encontró el pasillo vacio. Tomás la había obedecido. Ahora era la televisión quien le hablaba. Una mujer en dos dimensiones batía una masa blanca pegajosa, con una sonrisa que nacía de una oreja y terminaba en la otra. Era una sonrisa contagiosa, una que sólo podía sintonizar buenas vibraciones. Entonces, ya relajada y sonriendo alzó la taza de té sin apartar la vista de la pantalla. Sin embargo, antes que pudiera probar el té, su nariz encontró un objeto extraño en el interior de la taza. Se trataba de un ahogado marcador sin capuchón. _ ¡Tomas! Gritó desencajada. Con el marcador en la mano emprendió rumbo al cuarto de su hijo. La puerta entreabierta le enseñó todo el panorama. Una reacción química paralizó sus ojos, el temor la arrodilló cerca de él. El rostro de Tomas estaba azul y no por la tinta sino por asfixia. La ausencia del capuchón en el marcador ensambló el rompecabezas. Un pedazo de plástico atorado en su garganta estaba arrebatándoles simultáneamente la vida de los dos poco a poco. Convulsionada, levantó a su hijo como si fuera una pluma y lo cargó hasta el comedor. Sin desprenderse de él, levantó el tubo del teléfono para llamar a emergencias pero la línea ya estaba muerta.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
jueves, 16 de julio de 2009
En Revista Ñ

Clarín. Revista Ñ, número 302, Sábado 11/07/2009
Columna: Palabras Cruzadas
El gorila todavía estaba allí.
Extraño episodio en una lectura de poesía.
El autor – en caso el mismo que escribe estas líneas – había tenido relativa suerte. De las lecturas que hasta el momento se habían hecho el jueves 2 en las bibliotecas populares y librerías de la ciudad, por iniciativa de la Sociedad de Escritores (SEA), la suya no se había levantado por la peste. Sentados al acaso en las mesitas de la biblioteca Baldomero Fernández Moreno, las circunstancias parecían disfrutar del sol de media tarde que entraba por las generosas ventanas del viejo edificio cercano a la Chacarita.
¿Suerte? Un público multitudinario hubiese aumentado las posibilidades de todos de contraer la peste, que al día siguiente, según la desaforada cifra del ministro, tenía infectados a más de 100.000 (en ese momento no pasaban de 3.000). Nadie pensaba propiamente en la influenza y esas veredas barriales no la evocaban. De manera que: invierno, sol, buenas ventanas, poca gente en círculo ritual. Lo mejor para… El autor no había iniciado su lectura. Vio que la mirada del poeta Víctor Redondo, el anfitrión, se dirigía – diré que acompañada de alguna palidez – hacia la puerta. La siguió el lector, y entonces vio al gorila.
Era un gorila, sí. Que la mente rauda operación tranquilizadora, juzgó o una visión o un falso gorila, esto es, un disfrazado.
Y era un disfrazado. Porque no bien dio dos pasos se vio que la palma de esas manos parecían de hule.
Es decir, que varios se impresionaron. Hasta que de un modo u otro se supo – el gorila no hablaba – que se trataba de Barbú, “el primer gorila escritor”, un intelectual del mundo salvaje, de quien se registran apariciones en otros eventos y en la Feria del Libro y que hasta esta en Facebook. Un chiste. Salvo que el gorila se empeña en no hablar y se hace entender para permanecer escuchando poemas y luego para sortear un ejemplar de su libro.
Convengamos, diría Poe, que no es frecuente ver un cuervo aposentado sobre un busto de Atenea y graznando “Nunca más”. Ni tampoco un gorila negro en medio del público de una lectura de poesía durante la influenza. Flota un ligero aire siniestro, como sí, cómicamente, la peste hubiese entrado enmascarada.
El autor escucha luego por el receptor del radio taxi que alguien ofrece botellas de alcohol en gel a un precio “conveniente”. No hay gel ni alcohol en las farmacias… ¿Cuál es la peste?
Jorge Aulicino
Poeta y Director adjunto de la Revista Ñ
No hará casi un año que Susana Reinoso escribió la nota “Buenos Aires, ciudad de cuerdos locos” haciendo hincapié en el sacrificio de un novel escritor, casi me desmayó de la alegría y que el Sábado pasado Jorge Aulicino, un autor de semejante envergadura se molestó en mencionarme en su columna, es... justamente el gorila se empeña en no hablar y ahora en no escribir adjetivos de satisfacción. Es muy importante aparecer en ADN Cultura y en la Revista Ñ. Un apoyo anímico muy fuerte para continuar expresando mi imaginación. Es muy importante que Aulicino haya citado audazmente en el título el microcuento por excelencia de Augusto Monterroso “El dinosaurio”: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Una comparación que ahorra palabras y compra lectores.
Las fotos en la carpeta de “Leer Despierta!”
Columna: Palabras Cruzadas
El gorila todavía estaba allí.
Extraño episodio en una lectura de poesía.
El autor – en caso el mismo que escribe estas líneas – había tenido relativa suerte. De las lecturas que hasta el momento se habían hecho el jueves 2 en las bibliotecas populares y librerías de la ciudad, por iniciativa de la Sociedad de Escritores (SEA), la suya no se había levantado por la peste. Sentados al acaso en las mesitas de la biblioteca Baldomero Fernández Moreno, las circunstancias parecían disfrutar del sol de media tarde que entraba por las generosas ventanas del viejo edificio cercano a la Chacarita.
¿Suerte? Un público multitudinario hubiese aumentado las posibilidades de todos de contraer la peste, que al día siguiente, según la desaforada cifra del ministro, tenía infectados a más de 100.000 (en ese momento no pasaban de 3.000). Nadie pensaba propiamente en la influenza y esas veredas barriales no la evocaban. De manera que: invierno, sol, buenas ventanas, poca gente en círculo ritual. Lo mejor para… El autor no había iniciado su lectura. Vio que la mirada del poeta Víctor Redondo, el anfitrión, se dirigía – diré que acompañada de alguna palidez – hacia la puerta. La siguió el lector, y entonces vio al gorila.
Era un gorila, sí. Que la mente rauda operación tranquilizadora, juzgó o una visión o un falso gorila, esto es, un disfrazado.
Y era un disfrazado. Porque no bien dio dos pasos se vio que la palma de esas manos parecían de hule.
Es decir, que varios se impresionaron. Hasta que de un modo u otro se supo – el gorila no hablaba – que se trataba de Barbú, “el primer gorila escritor”, un intelectual del mundo salvaje, de quien se registran apariciones en otros eventos y en la Feria del Libro y que hasta esta en Facebook. Un chiste. Salvo que el gorila se empeña en no hablar y se hace entender para permanecer escuchando poemas y luego para sortear un ejemplar de su libro.
Convengamos, diría Poe, que no es frecuente ver un cuervo aposentado sobre un busto de Atenea y graznando “Nunca más”. Ni tampoco un gorila negro en medio del público de una lectura de poesía durante la influenza. Flota un ligero aire siniestro, como sí, cómicamente, la peste hubiese entrado enmascarada.
El autor escucha luego por el receptor del radio taxi que alguien ofrece botellas de alcohol en gel a un precio “conveniente”. No hay gel ni alcohol en las farmacias… ¿Cuál es la peste?
Jorge Aulicino
Poeta y Director adjunto de la Revista Ñ
No hará casi un año que Susana Reinoso escribió la nota “Buenos Aires, ciudad de cuerdos locos” haciendo hincapié en el sacrificio de un novel escritor, casi me desmayó de la alegría y que el Sábado pasado Jorge Aulicino, un autor de semejante envergadura se molestó en mencionarme en su columna, es... justamente el gorila se empeña en no hablar y ahora en no escribir adjetivos de satisfacción. Es muy importante aparecer en ADN Cultura y en la Revista Ñ. Un apoyo anímico muy fuerte para continuar expresando mi imaginación. Es muy importante que Aulicino haya citado audazmente en el título el microcuento por excelencia de Augusto Monterroso “El dinosaurio”: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Una comparación que ahorra palabras y compra lectores.
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