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sábado, 4 de septiembre de 2010

El Narrador, el nuevo libro del Gorila Escritor.





En un bar en el medio de la nada hay un narrador que cuenta la historia que cada persona necesita escuchar. Casi sin esperanzas, Nicolás Prieto, un joven que ha huido de su casa, busca en Desolado, el bar donde el narrador recibe a su atribulada clientela, la historia que pueda cambiar su destino.

No encuentra una historia, sino un trabajo en Desolado y descubre su don para contar. Las cosas se complican para él cuando tiene que reemplazar al narrador y ocupa su lugar. Quiere volver a su casa, pero la tarea que ha emprendido parece sobreponerse a sus deseos.

Con una prosa ágil, llena de humor y de inventiva, Barbú nos trae en "El narrador", una historia llena de historias: no solo la de Nicolás Prieto, sino también cada una de las que se cuentan en Desolado. Tal vez, sin buscarla, el lector encuentre en este libro aquella narración que necesitaba escuchar.

Un niño condenado al encierro,

solo alcanzará la libertad,

mediante su imaginación.

Un hombre condenado al encierro,

solo alcanzará la paz,

mediante sus recuerdos.

Disponible en librerías:

"El Ateneo" & "Yenny"
http://www.tematika.com/sucursales/

Cúspide
http://www.cuspide.com/servicios/locales_venta.php

Librería Santa Fé
http://www.lsf.com.ar/locales.aspx

Otras:

Buenos Aires.

San Justo - ABC III - Ignacio Arieta 2949 - Tel. : 4441 - 6481

San Miguel - Org. Escolar San Miguel - P. Perón 1540 - Tel : 4664-9897

Martinez - Boutique del Libro - Unicenter - Parana 3745 -Tel. : 4717 - 4873 / 4

Martinez - Yenny - Unicenter - Parana 3745 - Local 1237

Martinez - Org. Escolar San Miguel - Av. H. Yrigoyen 15

San Isidro - Org. Escolar San Miguel - Blanco Encalada 60 (Panámericana y Av. Marquez) Tel: 4587- 4341

Vicente Lopez - Librería Fedor - Tapiales 1293 - Tel. :4718-0708

Caseros - Libros La Cueva - Av San Martín 2651 - Tel. : 4374 - 4440

Castelar - Libros La Cueva - Arias 2354 - Tel. : 4489 - 4164

Castelar - Org. Escolar San Miguel - Carlos Casares 892 - Tel. : 4627 - 0398

Santos Lugares - Martín Libros - Av La Plata 3572 - Tel. :4712 - 5193

San Martín - Don Camilo Libros - Saavedra 1925 - Tel. : 4713 - 0440

Villa Ballester - Org. Escolar San Miguel - Pacífico Rodriguez 4617 - Tel. : 4847 - 9662

Morón - El Atril - 25 de mayo 130 - Tel 4627 - 9140

Morón - El Atril - Sarmiento 846 - Tel: 4489-4860

Morón - Yenny - Juan Manuel de Rosas 658 - Local 2090

Lomas de Zamora - El Atril - Gorriti 250 - Tel : 4245244

Avellaneda - Yenny - Güemes 897 - Alto Avellaneda Local 110

Ezeiza- Yenny - Aeropuerto Internacional - Local 40

Moreno - Org. Escolar San Miguel - Mitre 443 - Tel : 0237 - 4633428

Escobar - Org. Escolar San Miguel - 25 de mayo 1326 - Tel : 02322-670468

Pilar - Org. Escolar San Miguel - Ituzaingo 633 - Tel : 02322-428495

Pilar - Cúspide - Village Cines - Panamericana km 50 - Tel : 02322-473228

José C. Paz - Org. Escolar San Miguel - Altube 2007- Tel : 02320- 437230

La Plata - El Ateneo - Calle 50 661 / 663

La Plata - Yenny - Calle 48 700 Esq. 9 Local 251251

Mar del Plata - El Atril - Santa Fe 1654 - Tel 0223-494-8200

Mar del Plata - El Atril - Diag. Pueyrredón 2970 - Tel 0223-4925087

Bahía Blanca - Yenny - Sarmiento 2153 - Bahía Plaza Shopping Local 117

Tandil - El Atril - Rodriguez 891 - Tel 02293 433008

Córdoba

Córdoba Capital - El Ateneo - Gral Paz 156 Local 1 y 2 - Tel.: 0351- 4234878

Córdoba Capital - Cúspide - Av Gral Paz 57 Local 1 y 2 - Tel.: 0351- 4246469

Córdoba Capital - Yenny - Duarte Quiroz 1400 - Nuevo centro shopping Local 2202 - Tel.: 0351- 4828332

Rio Cuarto - Librería Superior - Constitución 730 - Tel: 0358 - 462-6492 / 465-0380

Santa Fé

Santa Fé (capital) - Yenny - Shopping La Ribera Dique 1 Locales 39 y 40

Rosario - El Ateneo - Córdoba 1473

Rosario - Yenny - Junín 385 - Alto Rosario Shopping Local 116

Rosario - Cúspide - Portal de Rosario Nansen 255 - Tel.: 0341 - 453-2212

Rosario - Yenny - Portal de Rosario Nansen 255 - Local 1072 5º Nivel

Rosario - Cúspide - Village Cines Eva Perón 5856 - Tel.: 0341 - 4570889

Mendoza

Godoy Cruz - Yenny - Centro Comercial Palmares Mall Local D01 - Ruta Panamericana 2650

Mendoza - Yenny - Villa Nueva Guaymallén Local 255

Mendoza - Yenny - San Martín 1087 / 93

Chubut

Comodoro Rivadavia- Yenny - San Martín 373

Trelew - Yenny - Ruta Provincial 7 Rotonda 5 de Octubre Local 1128

Chaco

Resistencia - Yenny - Av. Alberdi 252

Neuquén

Neuquén - Yenny - Shopping Portal Patagonia Local 1099 - JJ Lastra 2400

Corrientes

Corrientes - Yenny - Centenario Shopping Mall Local 10 - Av. Centenario 3535

Salta

Salta - Yenny - Nuevo Noa Shopping Local 101 - Av. Virrey Toledo 702

Tucumán

San miguel de Tucumán - El Ateneo - 25 de mayo 182

San miguel de Tucumán - Yenny - Av Fermín Cariola 42 Local 1191

También en La Rep. Oriental del Uruguay

Montevideo - Yenny - Ellauri 350 - Shopping Punta Carretas - Local 3

Pocitos - Yenny - Boulevard España y Perú

Importante:

Si el libro no esta disponible en el interior, encargarselo al librero así solicita que se lo traigan de Capital Federal sin costo adicional.

Editorial Booklet Libros

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los diez mandamientos del gorila.


HOMBRE:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

3. Santificarás las fiestas.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre.

5. No matarás.

6. No cometerás actos impuros.

7. No robarás.

8. No dirás falso testimonio ni mentiras.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10. No codiciarás los bienes ajenos.

Bonus Track:

11. Que os améis unos a otros; como yo os he amado... (citando a Jesús)

GORILA:

1. Amarás a la naturaleza sobre todas las cosas.

2. No industrializarás usando el nombre de la evolución en vano.

3. No temerás a la superstición.

4. Honrarás al gorila de espalda plateada.

5. No imitarás la caza.

6. Cometerás adulterio, la mortalidad infantil es alta.

7. No leerás Adam Smith.

8. No revelarás al hombre la verdad sobre la teoría del Big Bang.

9. No reprimirás los deseos de cometer adulterio, estás en peligro de extinción.

10. No codiciarás los bienes del hombre.

Bonus Track:

11. Jamás amen a otras especies como el hombre las ha amado.

sábado, 6 de marzo de 2010

Haciendo las paces.

De Barbú,
para todos aquellas personas que escriben.


Las cosas con Florentina estaban mal. Digo cosas para resumir y no explayarme sobre mis vaivenes en carreras universitarias, mi estancamiento laboral, mi pésima relación con sus padres y la semana de retraso que su panza porta. Las cosas estaban mal, pero como poeta de segunda que soy logré, gracias a fragmentos del pasado y promesas carentes de argumentos, inducirla a olvidar el café y acercarla a una cantina ambientada con luces que respetan la oscuridad.

Nos sentamos. A pesar de mirarla fijamente, no encontré sus ojos. Le tomé la mano como un signo de amor, pero ella pretendía algo más que amor, demandaba compromiso. No quería una caricia, fantaseaba con un anillo. El rechazo no se hizo esperar. No le hizo falta levantarse e irse, el golpe fue certero e inesperado así como fue. En la esquina del cuadrilátero, recuperando aire, me atacó la sospecha de que en realidad había entrado sólo al bar. Sabiendo que la tenía enfrente, me abstuve de vomitar lamentos y ocupé mis manos en el menú para fingir desinterés.

Antes que decidiera algo, ya tenía a una mesera de impecable delantal blanco husmeando en mi vida. Tuve suerte de que aceptaran credenciales de obras sociales, porque los sobreprecios de esa carta eran como para la internación. Mi garganta necesitaba dos tabletas de paracetamol, pero los pulmones de Florentina preferían un tanque de oxigeno y no me quedó otra que señalarle el precio. “Es una locura”, le susurré. No obstante, y renuente a aceptar mi suerte financiera, insistió con la famosa frase: “podemos compartirlo”. Siendo que la credencial tenía un límite que me impedía estar de acuerdo, opté por un baño de eucalipto con suficientes muestras gratis de perfume como para disimular.
De no ser por la distracción que provocó un jubilado que le exigía al cantinero que le permitiera llevarse a su casa el sulfato de glucosamina que pedía, nos hubiéramos rendido al silencio. El cantinero le respondió educadamente que podía consumirla adentro, pero el anciano declinó la oferta y se fue con su artrosis a otra parte. Por fortuna la mesera no se demoró y nos sirvió las dos tabletas de paracetamol y una cacerola humeante, diciendo: “ahora vuelvo con las muestras gratis”. Sin dirigirme la palabra, Florentina comenzó a inhalar el vapor. Su cabeza agachada me brindo un mejor panorama de la cantina, y me entretuve con las actividades mundanas del resto de los pacientes mientras consumía las pastillas. Contemplé perplejo cómo un fémur fracturado saciaba su sed con un vaso de clavos, al tiempo que un soldado hospedaba insulina en su cuerpo. Sentí piedad al ver a una elefanta sin trompa llorar desconsoladamente sobre una balanza, y luego escalofríos al distinguir entre el tumulto a un ovíparo que me guiñaba un ojo con un toque de seducción. Un ojo que se transformó en otro que me preguntaba en qué estaba pensando. Florentina se había tomado un descanso de su refresco, y arrinconado le respondí con una mentira: “en nosotros”. Ese era el problema, precisamente no estaba pensando en nosotros y ella lo sabía bien; por más que le mintiera, por más que la quisiera, por más que la amara, sólo me importaba vivir el presente, y el cruce no tardó en llegar.
Sólo que esta vez sí se marcho.

La depresión me llevó a buscar respuestas en el menú, pero para mi sorpresa éste había cambiado. Repentinamente a mi lado, la mesera me sonreía con una expresión que delataba el repentino cambio de dueños. “¿Qué libro desea leer?” quiso saber y le respondí discretamente: “Uno vacío como mi alma”. Al rato me entregó un libro muy liviano que en lugar de hojas tenía plumas. Al abrirlo una ráfaga de viento lo desplumó e hizo que las plumas formaran nubes de palabras. Queriendo leerlas a todas, me subí a la mesa para alcanzarlas, pero las plumas se escabullían de mis manos y adquirieron tanta altura que me forzaron a saltar, aunque mis pesados zapatos ortopédicos me lo hicieran imposible. Los usaba porque siempre alguien tiene que corregirme los pasos, no puedo deambular sólo por la vida, porque correría el riesgo de tropezarme, y les aseguro que no es lindo trastabillar cuando se está escalando una montaña.

El clima se tornó violento. El esfuerzo trabajoso de respirar me hizo lamentar mi pasada avaricia de no pedir el tanque de oxigeno. Tarde o temprano, ella siempre terminaba teniendo la razón.
Esta vez debía enfrentar la angustiante travesía yo sólo.

Aquella cumbre nevada que estaba a varios metros de mí despertó nostalgia por el helado de burbujas que compraba mi abuelo. Un helado gasificado: el invento del siglo XX. Todavía hoy me salpica en la cara la ebullición de la crema. Con mi rostro humedecido comencé a buscar respuestas, encontrando a mi lado una cascada de canillas. Los grifos descendían velozmente, y para capturar uno de ellos liberé mi mano izquierda mientras me aferraba a una roca con la derecha. Logré mi objetivo y prevenir una caída, pero no evité que otro grifo me golpeara el antebrazo. Conteniendo las ganas de gritar, me concentré en girar la perilla del grifo que había atajado, pero de allí no salió ni una sola gota que me pudiera hidratar. Arrojé el grifo para que cayera con los demás y me persigné antes de seguir mi ascenso. A medida que escalaba, la temperatura disminuía y los vientos me desnudaban paulatinamente sin despojarme de ninguna prenda. Al rato, el vértigo se hizo presente para abofetearme cada vez que me detuviera a mirar el pasado. El pánico terminó por inmovilizar mis extremidades, sin dejarme más alternativa que aguardar hasta que emergiera uno de esos recuerdos que no suelen compartirse, que inspiran coraje. Con sólo pensar en él, ocultó mis ojos detrás de mis párpados y me hizo trepar a ciegas por encima de todos mis temores, ignorando los peligros latentes.

En la cima aguardaba mi destino. En la cima estaba ella, estaba la imaginación. Una masa deforme de ideas sin sustento racional, tan deforme que en el momento previo a nacer, a su madre le pusieron una rampa entre las piernas. Una masa porosa que se arrastraba hacia mí como una serpiente al no poder caminar. La idea no me agradaba y quería mi vida de vuelta, por lo que sin advertencia previa ni respuesta a sus súplicas la golpeé, aunque no pude lastimarla ni mucho menos alejarla. Con cada golpe de mis puños emanaba una creación que cobraba vida en mi cabeza y brincaba entre las demás en busca de un padre.

Mi novia tiene una semana de atraso. No puedo abandonarla. No puedo.


www.laguaridadebarbu.com.ar

viernes, 5 de febrero de 2010

El beso.


El sobre estaba perfumado. El aroma a rosas despertó mi curiosidad sobre lo que Laura pudo haber escrito. Lo abrí. Estaba escrito a mano y al pie de la carta brillaba el desenlace: la huella roja de sus labios carnosos. Tuve el impulso de machacar el papel de un beso, pero antes decidí leerla. El ritmo de las palabras describía rabia, dolor y abandono. La última oración resumía su contenido: “Jamás serán tuyos”.

Eso lo veremos.

Por lo menos yo tengo un empleo. Memoricé la dirección del remitente para después del recorrido y metí la carta en el morral.

www.laguaridadebarbu.com.ar



domingo, 24 de enero de 2010

En la revista Maxim.

NOVIEMBRE 2009

Barbú es el primer simio escritor. Su libro, La fuga del tiempo, que fue publicado por la editorial CADAN, se presentó en la Feria del Libro. Posta. Nos enteramos de su existencia por un folleto que decía "Hubo grandes escritores. Solo una bestia". Quien lo haya escrito tenía que ser alguien genial. Lo encontramos en la esquina de Libertad y Avenida de Mayo, junto a un mozo-que era su dealer de bananas. Mirá.

¿Porqué te disfrazás de gorila?

No soy un hombre disfrazado de gorila.

¿Y qué sos?

Un escritor que busca difundir su obra. Uno de los cuentos de mi libro es la historia de mi vida, la historia real de un gorila que perdió a toda su familia a manos de los cazadores.

¿Cómo fue eso?

Muy terrible. Los cazadores mataron a mi mamá y yo ya no festejo el Día de la Madre. Me encarcelaron y fue ahí donde aprendí a leer y escribir. Escapé como polizón en un container que venía a la Argentina. Me quisieron atrapar los agentes de aduana, pero yo me escondí entre un grupo de personas que hacían la propaganda de los calditos disfrazados de animales.

¿Dónde vivís?

Antes en Belgrano, ahora en Congreso.

¿Salís a la calle así todas las mañanas?

Sí, a tomar café. Voy al gimnasio, salgo a caminar, juego al tenis. Y esto es nada menos que mi trabajo: ser Barbú, el gorila escritor. Estoy muy contento con esto.

¿Y la gente qué te dice?

A veces se molesta. Otras veces lo toma bien y simplemente se ríe. Pero lo peor que me pasó fue cuando me echaron de la Facultad de Arquitectura. Ahí me gritaron "gorila" y me empujaron. Yo me puse muy mal, porque lo mío no tiene que ver con política.

¿Y por qué no hablás?

Porque los gorilas no hablan. Pero yo escribo. Soy un gorila escritor. Vos me hacés una pregunta y yo te la contesto por escrito, aunque te tenga al lado.

¿Te pondría celoso otro gorila escritor?

Si fuera un gorila de verdad lo querría como amigo. ¡Pero que no sea un tipo disfrazado! Porque si no lo denuncio.

¿Qué pensás de Copito de Nieve, el gorila albino?

Sé que murió de viejito.

¿Y King Kong?

Es mi favorito. Me puse muy triste cuando lo tiraron del edificio. Cada vez que veo esa película me largo a llorar.

¿Por lo que le hicieron los humanos?

Por lo que hacen en la realidad. Destruyen su hábitat. Son dañinos. Yo escribo cuentos para concientizarlos.

Para tomar, ¿qué elegís?, ¿un licuado?

A mí me gusta la caña de azúcar. Me gusta mucho. Pero más divertido es salir a asustar mujeres. ¡Salen corriendo!

¿Vas a sacar otro libro?

Quizás. Espero que cuando lo haga no me vuelvan a discriminar en ningún otro lado.

Entrevistado por Martín Rivas.

viernes, 25 de diciembre de 2009

El Hombre de Traje Rojo.

Los nervios me exasperan como nunca antes. La ansiedad me está matando. Una nueva Navidad está por venir. Pronto tendré que ponerme el traje rojo. Los niños esperan mi llegada y no los puedo defraudar. Sin embargo, los adultos impiden que les dé los regalos deseados. Las pastillas quieren hacerme olvidar quién era yo, o mejor dicho, quién sigo siendo. Una nueva Navidad está por venir y las paredes acolchadas me separan del mundo.

Todo empezó cuando me di cuenta que mi hijo no recibía regalos de Navidad. En principio le dije que al parecer no hizo suficientes actos buenos para que Papá Noel se acordara de él. Luego entendí que me equivoqué, mi hijo sí había hecho actos buenos: buenas notas en el colegio, siempre presente los domingos en la iglesia, y si algún anciano necesitaba ayuda para cruzar la calle, él estaba para socorrerlo. Entonces comencé a sospechar que Santa había muerto. Me enteré que muchos padres lo imitaban para que sus hijos no se desilusionaran y así mantener vivo el espíritu navideño. Copié el ejemplo y nunca más mi hijo se quedó sin un regalo.

Al pasar las Navidades, las emociones que recorrían mi cuerpo ya no eran las mismas. Ya no me alcanzaba con ver feliz a mi hijo, tenía que esforzarme un poco más. Cada vez que me ponía el traje rojo me sentía como si fuera el verdadero, así que en una Navidad recorrí el vecindario golpeando puerta por puerta, dando regalos. A muchas casas llegué tarde dado que no podía estar en varios lugares a la vez, perdiéndose el encanto de regalar a la medianoche. Esa fue una frustración que me motivo a entrenar mi cuerpo a fin de efectivizar mis tiempos. Un año de entrenamiento que mucho no me sirvió, porque la mayoría de los padres no creían en mí, y por no abrirme las puertas, dejaron sin regalos a muchos niños. Entonces decidí cambiar mi estrategia con respecto a dar un aviso previo, pero por buscar la sorpresa me encontré con el pánico.

Recuerdo muy bien los gritos de las madres, que aún retumban en mis tímpanos. Yo irrumpía en las casas para dar regalos, no para robar. Sin embargo, los hombres de azul no entendieron lo mismo. Me confundieron con un ladrón y me esposaron. Luego, gracias al señor del delantal blanco, conocí las pastillas, que por cierto eran muy coloridas y feas de sabor. Como no las quería, el hombre del delantal blanco se fue, y vino otro con un gran mameluco celeste que me obligaba a quererlas.

Así transcurrieron los días en este aislado cuarto, alejado de los niños, sobre todo de mi hijo. Un día me dijo el señor del delantal blanco: “Dada tu condición perdiste la custodia de tu hijo”. Yo nunca custodié a mi hijo, yo nunca lo vigilé, simplemente lo amé. ¿Por qué los adultos me separan de mi hijo? Lo extraño demasiado, quiero tenerlo cerca de mí. La nostalgia de su flequillo colorado y sus hoyuelos me enloquece. Lloro todas las noches y su ausencia despedaza mi corazón. Una vez hice un berrinche tan grande que el señor del delantal blanco procedió a presentarme otras pastillas de su repertorio. Me dijo que si las tomaba mis lamentos desaparecerían. No pasó nada, pero me hice el tonto y me tranquilicé. Si continuaba con esta actitud, vendrían los pinchazos. A un compañero lo pincharon tanto que dejó de hablar. Sólo abría la boca dejando caer hilos de saliva. Yo no quería quedar así, a pesar que las pastillas lograron dejar algunas lagunas blancas en mi memoria. Tal efecto estremecedor consiguió que perdiera la noción del tiempo, hasta que olvidé la fecha de la última vez que vi a mi hijo. De cualquier manera, debe haber pasado mucho tiempo; ahora mi cuerpo está viejo y arrugado.

Reitero: la ansiedad me está matando. Sabía que pasada la medianoche una nueva Navidad se celebraría. Ésta sería como las de antes. Tengo el traje rojo en mis manos otra vez; eso me da razón suficiente para creer. Por eso estoy un poco inquieto, pronto tendré que ponérmelo. No sé por qué el señor del delantal blanco me lo dio, si hasta parecía enojado. No importa, soy yo nuevamente. Sin embargo faltan los regalos.

No es un detalle sin importancia: ¿Cómo demostraría ser quién soy sin los regalos? ¿Cómo animaría la fiesta con las manos vacías? ¿Cómo? Sin que nadie me responda, con tristeza me pongo el traje rojo.

Soy un fracaso. Tan cerca estaba, pero ahora vaticino una Navidad sin regalos, sin magia. Ni siquiera un pan dulce para compartir. Me siento abatido y sólo una brisa es capaz de despertar la esperanza.

Una corriente fugaz proveniente del exterior de mi cuarto me vitalizó. Otra vez la puerta de mi cuarto se abrió, y me dieron una bolsa llena de postales navideñas y algún que otro pulóver tejido a mano por alguna abuela. No son los mismos regalos que acostumbraba obsequiar, pero sirven. Peor es nada.

Dejan la puerta abierta. Salgo del cuarto. Mis compañeros están reunidos alrededor de un austero árbol navideño. Veo sólo rostros sintéticos, sin vida, que juntos comparten la soledad. Pero el ambiente no me deprime y pienso en positivo. “¡Feliz Navidad!”. Entonces volví... volvieron... volvimos. Sonrisas por regalos es el intercambio. Comprobé que los verdaderos locos están afuera; aquí hay muchas personas buenas, que creen en mí y que están dispuestas a festejar la Navidad.

Sobre todo una a quien no veía hacía bastante tiempo, y que ahora se me presentaba con una apariencia diferente pero reconocible. Su flequillo colorado había desaparecido, se lo notaba más maduro, pero sus hoyuelos se podían distinguirse a pesar de su barba. Mi hijo es el artífice de este maravilloso presente navideño.

Esta noche cada uno tiene su regalo. Yo también tengo uno, el mejor de todos: el abrazo con mi hijo al que tanto extrañé.

No se confundan, el verdadero regalo es siempre la acción y el sujeto, nunca el objeto.

¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Anabela Ascar entrevista al gorila esritor.

El Pianista: El dedo no daba en la tecla. Tenía un piano y no sabía como tocarlo. Me sentía pequeño. El silencio impaciento al público y cuando todo empezó a girar, recordé la partitura que nadie se cansaba de escuchar. Por más que lo intentara, por más cuerda me dieran, la frustración de no poder cambiar la melodía me arrebataba la vida.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La Fuga del Tiempo

El tiempo marca nuestras vidas, gobierna nuestra ansiedad. Vivimos condicionados por él. Un minuto puede ser la delgada línea de una llegada tarde al trabajo. Un segundo puede ser determinante para cambiar un resultado en un deporte. El tiempo es un señalador en un libro. Él es nuestro reflejo en un espejo. Sin él no podemos desarrollar nuestros sentidos. Sí él no existiera, el hambre no sería una preocupación. El tiempo nos regala momentos felices que recordar y nos castiga con momentos tristes que no podemos olvidar.
El tiempo nos da espacio para pensar: ¿El tiempo envejece junto con nosotros? ¿El tiempo se detiene cuando morimos? ¿Existe la muerte sin un cuerpo? El tiempo siempre está presente y no hay religión en el mundo que le rinda culto.
"La Fuga del Tiempo" esta compuesto por cuatro narraciones donde el tiempo es el protagonista y el hombre la víctima. El tiempo se escapa. ¿Qué hará el hombre sin él?

Días tristes. Días alegres: Una isla donde el tiempo no transcurre, con un habitante que no recuerda ni su nombre, le dará la bienvenida a un millonario perdido entre sus indecisiones de volver o no al mundo materialista del que había huido.
Tan sólo unos días de convivencia con aquel habitante cambiará para siempre el destino de Michael Saravakos, arrastrando, quizás, consigo el de la humanidad.
Eternamente Joven: Aislada durante décadas la isla Devoción decidió abrir sus fronteras. Un reportero llevará la difícil tarea de investigar que misterios esconde.
El Cuarto: Nueve personas encerradas en un cuarto. Ninguna ventana, ninguna puerta, ninguna escapatoria. Solamente una mesa, dos velas encendidas y un reloj detenido a las tres horas, cincuenta y tres minutos.
El divorcio entre los vivos y los muertos: ¿Qué sucedería si los cuerpos sin vida desaparecen?