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sábado, 25 de septiembre de 2010
Anabela Ascar entrevista al gorila escritor por segunda vez.
Barbú, el gorila escritor, presenta su nuevo libro "El Narrador":
En un bar en el medio de la nada hay un narrador que cuenta la historia que cada persona necesita escuchar. Casi sin esperanzas, Nicolás Prieto, un joven que ha huido de su casa, busca en Desolado, el bar donde el narrador recibe a su atribulada clientela, la historia que pueda cambiar su destino.
No encuentra una historia, sino un trabajo en Desolado y descubre su don para contar. Las cosas se complican para él cuando tiene que reemplazar al narrador y ocupa su lugar. Quiere volver a su casa, pero la tarea que ha emprendido parece sobreponerse a sus deseos.
Con una prosa ágil, llena de humor y de inventiva, Barbú nos trae en "El narrador", una historia llena de historias: no solo la de Nicolás Prieto, sino también cada una de las que se cuentan en Desolado. Tal vez, sin buscarla, el lector encuentre en este libro aquella narración que necesitaba escuchar.
Un niño condenado al encierro,
solo alcanzará la libertad,
mediante su imaginación.
Un hombre condenado al encierro,
solo alcanzará la paz,
mediante sus recuerdos.
Disponible en Cúspide, El Ateneo, Yenny, Santa Fé, Nadir, El Atril, etc.scar, Barbú, Gorila Escritor, Cesar Notaro, Crónica Tv, Amigacho, Hecho Y Protagonistas, El Narrador, Oliver, Mono Humano, Eslabón Perdido, Humancé, Chimpancé, Feria del Libro, La Momia, King Kong, Realismo Mágico, Cuentos de la Cripta, Zulma Lobato, Ramonos, Ringo, Mighty Joe Young, Bendita Tv, RSM, Zapping, Demoliento Teles, TVR, Frost Nixon, Gorilas en la niebla, Saramago, Borges, Rayuela, Stephen King, Harr
sábado, 4 de septiembre de 2010
El Narrador, el nuevo libro del Gorila Escritor.


En un bar en el medio de la nada hay un narrador que cuenta la historia que cada persona necesita escuchar. Casi sin esperanzas, Nicolás Prieto, un joven que ha huido de su casa, busca en Desolado, el bar donde el narrador recibe a su atribulada clientela, la historia que pueda cambiar su destino.
No encuentra una historia, sino un trabajo en Desolado y descubre su don para contar. Las cosas se complican para él cuando tiene que reemplazar al narrador y ocupa su lugar. Quiere volver a su casa, pero la tarea que ha emprendido parece sobreponerse a sus deseos.
Con una prosa ágil, llena de humor y de inventiva, Barbú nos trae en "El narrador", una historia llena de historias: no solo la de Nicolás Prieto, sino también cada una de las que se cuentan en Desolado. Tal vez, sin buscarla, el lector encuentre en este libro aquella narración que necesitaba escuchar.
Un niño condenado al encierro,
solo alcanzará la libertad,
mediante su imaginación.
Un hombre condenado al encierro,
solo alcanzará la paz,
mediante sus recuerdos.
Disponible en librerías:
"El Ateneo" & "Yenny"
http://www.tematika.com/sucursales/
Cúspide
http://www.cuspide.com/servicios/locales_venta.php
Librería Santa Fé
http://www.lsf.com.ar/locales.aspx
Otras:
Buenos Aires.
San Justo - ABC III - Ignacio Arieta 2949 - Tel. : 4441 - 6481
San Miguel - Org. Escolar San Miguel - P. Perón 1540 - Tel : 4664-9897
Martinez - Boutique del Libro - Unicenter - Parana 3745 -Tel. : 4717 - 4873 / 4
Martinez - Yenny - Unicenter - Parana 3745 - Local 1237
Martinez - Org. Escolar San Miguel - Av. H. Yrigoyen 15
San Isidro - Org. Escolar San Miguel - Blanco Encalada 60 (Panámericana y Av. Marquez) Tel: 4587- 4341
Vicente Lopez - Librería Fedor - Tapiales 1293 - Tel. :4718-0708
Caseros - Libros La Cueva - Av San Martín 2651 - Tel. : 4374 - 4440
Castelar - Libros La Cueva - Arias 2354 - Tel. : 4489 - 4164
Castelar - Org. Escolar San Miguel - Carlos Casares 892 - Tel. : 4627 - 0398
Santos Lugares - Martín Libros - Av La Plata 3572 - Tel. :4712 - 5193
San Martín - Don Camilo Libros - Saavedra 1925 - Tel. : 4713 - 0440
Villa Ballester - Org. Escolar San Miguel - Pacífico Rodriguez 4617 - Tel. : 4847 - 9662
Morón - El Atril - 25 de mayo 130 - Tel 4627 - 9140
Morón - El Atril - Sarmiento 846 - Tel: 4489-4860
Morón - Yenny - Juan Manuel de Rosas 658 - Local 2090
Lomas de Zamora - El Atril - Gorriti 250 - Tel : 4245244
Avellaneda - Yenny - Güemes 897 - Alto Avellaneda Local 110
Ezeiza- Yenny - Aeropuerto Internacional - Local 40
Moreno - Org. Escolar San Miguel - Mitre 443 - Tel : 0237 - 4633428
Escobar - Org. Escolar San Miguel - 25 de mayo 1326 - Tel : 02322-670468
Pilar - Org. Escolar San Miguel - Ituzaingo 633 - Tel : 02322-428495
Pilar - Cúspide - Village Cines - Panamericana km 50 - Tel : 02322-473228
José C. Paz - Org. Escolar San Miguel - Altube 2007- Tel : 02320- 437230
La Plata - El Ateneo - Calle 50 661 / 663
La Plata - Yenny - Calle 48 700 Esq. 9 Local 251251
Mar del Plata - El Atril - Santa Fe 1654 - Tel 0223-494-8200
Mar del Plata - El Atril - Diag. Pueyrredón 2970 - Tel 0223-4925087
Bahía Blanca - Yenny - Sarmiento 2153 - Bahía Plaza Shopping Local 117
Tandil - El Atril - Rodriguez 891 - Tel 02293 433008
Córdoba
Córdoba Capital - El Ateneo - Gral Paz 156 Local 1 y 2 - Tel.: 0351- 4234878
Córdoba Capital - Cúspide - Av Gral Paz 57 Local 1 y 2 - Tel.: 0351- 4246469
Córdoba Capital - Yenny - Duarte Quiroz 1400 - Nuevo centro shopping Local 2202 - Tel.: 0351- 4828332
Rio Cuarto - Librería Superior - Constitución 730 - Tel: 0358 - 462-6492 / 465-0380
Santa Fé
Santa Fé (capital) - Yenny - Shopping La Ribera Dique 1 Locales 39 y 40
Rosario - El Ateneo - Córdoba 1473
Rosario - Yenny - Junín 385 - Alto Rosario Shopping Local 116
Rosario - Cúspide - Portal de Rosario Nansen 255 - Tel.: 0341 - 453-2212
Rosario - Yenny - Portal de Rosario Nansen 255 - Local 1072 5º Nivel
Rosario - Cúspide - Village Cines Eva Perón 5856 - Tel.: 0341 - 4570889
Mendoza
Godoy Cruz - Yenny - Centro Comercial Palmares Mall Local D01 - Ruta Panamericana 2650
Mendoza - Yenny - Villa Nueva Guaymallén Local 255
Mendoza - Yenny - San Martín 1087 / 93
Chubut
Comodoro Rivadavia- Yenny - San Martín 373
Trelew - Yenny - Ruta Provincial 7 Rotonda 5 de Octubre Local 1128
Chaco
Resistencia - Yenny - Av. Alberdi 252
Neuquén
Neuquén - Yenny - Shopping Portal Patagonia Local 1099 - JJ Lastra 2400
Corrientes
Corrientes - Yenny - Centenario Shopping Mall Local 10 - Av. Centenario 3535
Salta
Salta - Yenny - Nuevo Noa Shopping Local 101 - Av. Virrey Toledo 702
Tucumán
San miguel de Tucumán - El Ateneo - 25 de mayo 182
San miguel de Tucumán - Yenny - Av Fermín Cariola 42 Local 1191
También en La Rep. Oriental del Uruguay
Montevideo - Yenny - Ellauri 350 - Shopping Punta Carretas - Local 3
Pocitos - Yenny - Boulevard España y Perú
Importante:
Si el libro no esta disponible en el interior, encargarselo al librero así solicita que se lo traigan de Capital Federal sin costo adicional.
Editorial Booklet Libros
sábado, 6 de marzo de 2010
Haciendo las paces.
De Barbú,
para todos aquellas personas que escriben.
Las cosas con Florentina estaban mal. Digo cosas para resumir y no explayarme sobre mis vaivenes en carreras universitarias, mi estancamiento laboral, mi pésima relación con sus padres y la semana de retraso que su panza porta. Las cosas estaban mal, pero como poeta de segunda que soy logré, gracias a fragmentos del pasado y promesas carentes de argumentos, inducirla a olvidar el café y acercarla a una cantina ambientada con luces que respetan la oscuridad.
Nos sentamos. A pesar de mirarla fijamente, no encontré sus ojos. Le tomé la mano como un signo de amor, pero ella pretendía algo más que amor, demandaba compromiso. No quería una caricia, fantaseaba con un anillo. El rechazo no se hizo esperar. No le hizo falta levantarse e irse, el golpe fue certero e inesperado así como fue. En la esquina del cuadrilátero, recuperando aire, me atacó la sospecha de que en realidad había entrado sólo al bar. Sabiendo que la tenía enfrente, me abstuve de vomitar lamentos y ocupé mis manos en el menú para fingir desinterés.
Antes que decidiera algo, ya tenía a una mesera de impecable delantal blanco husmeando en mi vida. Tuve suerte de que aceptaran credenciales de obras sociales, porque los sobreprecios de esa carta eran como para la internación. Mi garganta necesitaba dos tabletas de paracetamol, pero los pulmones de Florentina preferían un tanque de oxigeno y no me quedó otra que señalarle el precio. “Es una locura”, le susurré. No obstante, y renuente a aceptar mi suerte financiera, insistió con la famosa frase: “podemos compartirlo”. Siendo que la credencial tenía un límite que me impedía estar de acuerdo, opté por un baño de eucalipto con suficientes muestras gratis de perfume como para disimular.
De no ser por la distracción que provocó un jubilado que le exigía al cantinero que le permitiera llevarse a su casa el sulfato de glucosamina que pedía, nos hubiéramos rendido al silencio. El cantinero le respondió educadamente que podía consumirla adentro, pero el anciano declinó la oferta y se fue con su artrosis a otra parte. Por fortuna la mesera no se demoró y nos sirvió las dos tabletas de paracetamol y una cacerola humeante, diciendo: “ahora vuelvo con las muestras gratis”. Sin dirigirme la palabra, Florentina comenzó a inhalar el vapor. Su cabeza agachada me brindo un mejor panorama de la cantina, y me entretuve con las actividades mundanas del resto de los pacientes mientras consumía las pastillas. Contemplé perplejo cómo un fémur fracturado saciaba su sed con un vaso de clavos, al tiempo que un soldado hospedaba insulina en su cuerpo. Sentí piedad al ver a una elefanta sin trompa llorar desconsoladamente sobre una balanza, y luego escalofríos al distinguir entre el tumulto a un ovíparo que me guiñaba un ojo con un toque de seducción. Un ojo que se transformó en otro que me preguntaba en qué estaba pensando. Florentina se había tomado un descanso de su refresco, y arrinconado le respondí con una mentira: “en nosotros”. Ese era el problema, precisamente no estaba pensando en nosotros y ella lo sabía bien; por más que le mintiera, por más que la quisiera, por más que la amara, sólo me importaba vivir el presente, y el cruce no tardó en llegar.
Sólo que esta vez sí se marcho.
La depresión me llevó a buscar respuestas en el menú, pero para mi sorpresa éste había cambiado. Repentinamente a mi lado, la mesera me sonreía con una expresión que delataba el repentino cambio de dueños. “¿Qué libro desea leer?” quiso saber y le respondí discretamente: “Uno vacío como mi alma”. Al rato me entregó un libro muy liviano que en lugar de hojas tenía plumas. Al abrirlo una ráfaga de viento lo desplumó e hizo que las plumas formaran nubes de palabras. Queriendo leerlas a todas, me subí a la mesa para alcanzarlas, pero las plumas se escabullían de mis manos y adquirieron tanta altura que me forzaron a saltar, aunque mis pesados zapatos ortopédicos me lo hicieran imposible. Los usaba porque siempre alguien tiene que corregirme los pasos, no puedo deambular sólo por la vida, porque correría el riesgo de tropezarme, y les aseguro que no es lindo trastabillar cuando se está escalando una montaña.
El clima se tornó violento. El esfuerzo trabajoso de respirar me hizo lamentar mi pasada avaricia de no pedir el tanque de oxigeno. Tarde o temprano, ella siempre terminaba teniendo la razón.
Esta vez debía enfrentar la angustiante travesía yo sólo.
Aquella cumbre nevada que estaba a varios metros de mí despertó nostalgia por el helado de burbujas que compraba mi abuelo. Un helado gasificado: el invento del siglo XX. Todavía hoy me salpica en la cara la ebullición de la crema. Con mi rostro humedecido comencé a buscar respuestas, encontrando a mi lado una cascada de canillas. Los grifos descendían velozmente, y para capturar uno de ellos liberé mi mano izquierda mientras me aferraba a una roca con la derecha. Logré mi objetivo y prevenir una caída, pero no evité que otro grifo me golpeara el antebrazo. Conteniendo las ganas de gritar, me concentré en girar la perilla del grifo que había atajado, pero de allí no salió ni una sola gota que me pudiera hidratar. Arrojé el grifo para que cayera con los demás y me persigné antes de seguir mi ascenso. A medida que escalaba, la temperatura disminuía y los vientos me desnudaban paulatinamente sin despojarme de ninguna prenda. Al rato, el vértigo se hizo presente para abofetearme cada vez que me detuviera a mirar el pasado. El pánico terminó por inmovilizar mis extremidades, sin dejarme más alternativa que aguardar hasta que emergiera uno de esos recuerdos que no suelen compartirse, que inspiran coraje. Con sólo pensar en él, ocultó mis ojos detrás de mis párpados y me hizo trepar a ciegas por encima de todos mis temores, ignorando los peligros latentes.
En la cima aguardaba mi destino. En la cima estaba ella, estaba la imaginación. Una masa deforme de ideas sin sustento racional, tan deforme que en el momento previo a nacer, a su madre le pusieron una rampa entre las piernas. Una masa porosa que se arrastraba hacia mí como una serpiente al no poder caminar. La idea no me agradaba y quería mi vida de vuelta, por lo que sin advertencia previa ni respuesta a sus súplicas la golpeé, aunque no pude lastimarla ni mucho menos alejarla. Con cada golpe de mis puños emanaba una creación que cobraba vida en mi cabeza y brincaba entre las demás en busca de un padre.
Mi novia tiene una semana de atraso. No puedo abandonarla. No puedo.
www.laguaridadebarbu.com.ar
para todos aquellas personas que escriben.
Las cosas con Florentina estaban mal. Digo cosas para resumir y no explayarme sobre mis vaivenes en carreras universitarias, mi estancamiento laboral, mi pésima relación con sus padres y la semana de retraso que su panza porta. Las cosas estaban mal, pero como poeta de segunda que soy logré, gracias a fragmentos del pasado y promesas carentes de argumentos, inducirla a olvidar el café y acercarla a una cantina ambientada con luces que respetan la oscuridad.
Nos sentamos. A pesar de mirarla fijamente, no encontré sus ojos. Le tomé la mano como un signo de amor, pero ella pretendía algo más que amor, demandaba compromiso. No quería una caricia, fantaseaba con un anillo. El rechazo no se hizo esperar. No le hizo falta levantarse e irse, el golpe fue certero e inesperado así como fue. En la esquina del cuadrilátero, recuperando aire, me atacó la sospecha de que en realidad había entrado sólo al bar. Sabiendo que la tenía enfrente, me abstuve de vomitar lamentos y ocupé mis manos en el menú para fingir desinterés.
Antes que decidiera algo, ya tenía a una mesera de impecable delantal blanco husmeando en mi vida. Tuve suerte de que aceptaran credenciales de obras sociales, porque los sobreprecios de esa carta eran como para la internación. Mi garganta necesitaba dos tabletas de paracetamol, pero los pulmones de Florentina preferían un tanque de oxigeno y no me quedó otra que señalarle el precio. “Es una locura”, le susurré. No obstante, y renuente a aceptar mi suerte financiera, insistió con la famosa frase: “podemos compartirlo”. Siendo que la credencial tenía un límite que me impedía estar de acuerdo, opté por un baño de eucalipto con suficientes muestras gratis de perfume como para disimular.
De no ser por la distracción que provocó un jubilado que le exigía al cantinero que le permitiera llevarse a su casa el sulfato de glucosamina que pedía, nos hubiéramos rendido al silencio. El cantinero le respondió educadamente que podía consumirla adentro, pero el anciano declinó la oferta y se fue con su artrosis a otra parte. Por fortuna la mesera no se demoró y nos sirvió las dos tabletas de paracetamol y una cacerola humeante, diciendo: “ahora vuelvo con las muestras gratis”. Sin dirigirme la palabra, Florentina comenzó a inhalar el vapor. Su cabeza agachada me brindo un mejor panorama de la cantina, y me entretuve con las actividades mundanas del resto de los pacientes mientras consumía las pastillas. Contemplé perplejo cómo un fémur fracturado saciaba su sed con un vaso de clavos, al tiempo que un soldado hospedaba insulina en su cuerpo. Sentí piedad al ver a una elefanta sin trompa llorar desconsoladamente sobre una balanza, y luego escalofríos al distinguir entre el tumulto a un ovíparo que me guiñaba un ojo con un toque de seducción. Un ojo que se transformó en otro que me preguntaba en qué estaba pensando. Florentina se había tomado un descanso de su refresco, y arrinconado le respondí con una mentira: “en nosotros”. Ese era el problema, precisamente no estaba pensando en nosotros y ella lo sabía bien; por más que le mintiera, por más que la quisiera, por más que la amara, sólo me importaba vivir el presente, y el cruce no tardó en llegar.
Sólo que esta vez sí se marcho.
La depresión me llevó a buscar respuestas en el menú, pero para mi sorpresa éste había cambiado. Repentinamente a mi lado, la mesera me sonreía con una expresión que delataba el repentino cambio de dueños. “¿Qué libro desea leer?” quiso saber y le respondí discretamente: “Uno vacío como mi alma”. Al rato me entregó un libro muy liviano que en lugar de hojas tenía plumas. Al abrirlo una ráfaga de viento lo desplumó e hizo que las plumas formaran nubes de palabras. Queriendo leerlas a todas, me subí a la mesa para alcanzarlas, pero las plumas se escabullían de mis manos y adquirieron tanta altura que me forzaron a saltar, aunque mis pesados zapatos ortopédicos me lo hicieran imposible. Los usaba porque siempre alguien tiene que corregirme los pasos, no puedo deambular sólo por la vida, porque correría el riesgo de tropezarme, y les aseguro que no es lindo trastabillar cuando se está escalando una montaña.
El clima se tornó violento. El esfuerzo trabajoso de respirar me hizo lamentar mi pasada avaricia de no pedir el tanque de oxigeno. Tarde o temprano, ella siempre terminaba teniendo la razón.
Esta vez debía enfrentar la angustiante travesía yo sólo.
Aquella cumbre nevada que estaba a varios metros de mí despertó nostalgia por el helado de burbujas que compraba mi abuelo. Un helado gasificado: el invento del siglo XX. Todavía hoy me salpica en la cara la ebullición de la crema. Con mi rostro humedecido comencé a buscar respuestas, encontrando a mi lado una cascada de canillas. Los grifos descendían velozmente, y para capturar uno de ellos liberé mi mano izquierda mientras me aferraba a una roca con la derecha. Logré mi objetivo y prevenir una caída, pero no evité que otro grifo me golpeara el antebrazo. Conteniendo las ganas de gritar, me concentré en girar la perilla del grifo que había atajado, pero de allí no salió ni una sola gota que me pudiera hidratar. Arrojé el grifo para que cayera con los demás y me persigné antes de seguir mi ascenso. A medida que escalaba, la temperatura disminuía y los vientos me desnudaban paulatinamente sin despojarme de ninguna prenda. Al rato, el vértigo se hizo presente para abofetearme cada vez que me detuviera a mirar el pasado. El pánico terminó por inmovilizar mis extremidades, sin dejarme más alternativa que aguardar hasta que emergiera uno de esos recuerdos que no suelen compartirse, que inspiran coraje. Con sólo pensar en él, ocultó mis ojos detrás de mis párpados y me hizo trepar a ciegas por encima de todos mis temores, ignorando los peligros latentes.
En la cima aguardaba mi destino. En la cima estaba ella, estaba la imaginación. Una masa deforme de ideas sin sustento racional, tan deforme que en el momento previo a nacer, a su madre le pusieron una rampa entre las piernas. Una masa porosa que se arrastraba hacia mí como una serpiente al no poder caminar. La idea no me agradaba y quería mi vida de vuelta, por lo que sin advertencia previa ni respuesta a sus súplicas la golpeé, aunque no pude lastimarla ni mucho menos alejarla. Con cada golpe de mis puños emanaba una creación que cobraba vida en mi cabeza y brincaba entre las demás en busca de un padre.
Mi novia tiene una semana de atraso. No puedo abandonarla. No puedo.
www.laguaridadebarbu.com.ar
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