Hola a todos. Mi nombre, como lo indica el título, es Barbú y este es mi sitio, mi refugio, mi guarida. Soy un gorila que emigró a hurtadillas de África con el fin de convertirme en escritor.
"La Fuga del Tiempo" es mi primer libro está disponible en librerías Cúspide, Galerna y Gandhi
Sitio Oficial: http://www.laguaridadebarbu.com.ar/
De un sacudón, ella me despojó de la oscuridad. Me salvó de la miseria y con delicadeza y en forma paulatina, como para que no sintiera un cambio abrupto, logró que el frío circundante hirviera, abrasando a todos mis pecados. Su sonrisa candente iluminó mi rostro acostado, vigorizando mis mejillas, devolviéndome mi vida profanada por el fondo de una botella. Ni la madre de mi hija había sido capaz de brindarme esa misma seguridad que sólo en la cuna pude palpitar.
Sus ojos celestes reavivaron el mar perdido en mis recuerdos. El meneo de su cuerpo era similar al de mi barcaza en el medio del Río de la Plata y su perfume a manzana despertó mi apetito a la merienda que disfrutaba en el ocaso. Su peinado, que caía detrás de su nuca, no fue lo suficiente intimidante para que algunos de sus rizos escandalosos no huyeran del recato generacional, rejuveneciendo así a este marchito marino.
Ella tomó la iniciativa. Me destapó hasta los pies y sin desnudarse, quizás por pudor a hacerlo o pretendiendo conservar el misterio para el final, sujetó una regadera y comenzó a bañarme. El agua borró cada porquería del callejón que se pudiera haber aferrado a mi cuerpo para distanciarme de la sociedad. Pero en ningún momento ella sintió temor a conocerme.
Una vez bañado, con mucha ternura y una pizca de pasión, no tardó en acariciar todo mi ser, mis entrañas. Sin palabras de por medio, sólo a través de sus manos, fue descubriéndome. No le molestó que fuera alcohólico, es más: estaba dispuesto a dejar el vicio si a ella le alteraba, pero sin decir nada me hizo entender que si tenía que dejar de beber, lo tenía que hacer por mí y no por nadie más.
Sus intrépidas manos, definitivamente, robaron mi corazón. Al igual que cualquier mujer, jugaron un poco con él y lo devolvieron a su propietario con esas marcas incurables que solo el amor es capaz de lograr. Después de un masaje capilar, juzgó mis ideas pesándolas en una balanza. Al parecer algo no le gusto de mi modo de pensar y me dejó solo con el alma de su fragancia. No quería que me abandonara como lo había hecho mi hija, aunque es verdad que yo también cometíméritos suficientes para perderla.
Cuando creí que nunca más iba a volver, que mi destino era regresar hacia aquel agujero nauseabundo, apareció con el propósito de dejar todo en su lugar. Deseosa de limpiar cualquier evidencia que la encontrara culpable de los celos de su marido, me cubrió por completo con la sábana, dejándome sólo la tela blanca ante mis ojos y suponiendo que yo sólo había sido un refugio temporario y prohibido.
Ella se equivocó en el diagnóstico final: dijo que la causa de mi descanso fue una cirrosis acumulada sigilosamente durante años. En realidad la causa, la cual yo no comprendí hasta conocerla, fue encontrarla.
No sé si volverá para presentarme su nombre. No sé si mis labios tendrán la oportunidad de sofocarse con los suyos, como tampoco sé si esta vez podré desabotonarle el delantal. Pero de algo estoy seguro: sea cual sea mi destino, ella será quien me empuje a él.
El sobre estaba perfumado. El aroma a rosas despertó mi curiosidad sobre lo que Laura pudo haber escrito. Lo abrí. Estaba escrito a mano y al pie de la carta brillaba el desenlace: la huella roja de sus labios carnosos. Tuve el impulso de machacar el papel de un beso, pero antes decidí leerla. El ritmo de las palabras describía rabia, dolor y abandono. La última oración resumía su contenido: “Jamás serán tuyos”.
Eso lo veremos.
Por lo menos yo tengo un empleo. Memoricé la dirección del remitente para después del recorrido y metí la carta en el morral.
Barbú es el primer simio escritor. Su libro, La fuga del tiempo, que fue publicado por la editorial CADAN, se presentó en la Feria del Libro. Posta. Nos enteramos de su existencia por un folleto que decía "Hubo grandes escritores. Solo una bestia". Quien lo haya escrito tenía que ser alguien genial. Lo encontramos en la esquina de Libertad y Avenida de Mayo, junto a un mozo-que era su dealer de bananas. Mirá.
¿Porqué te disfrazás de gorila?
No soy un hombre disfrazado de gorila.
¿Y qué sos?
Un escritor que busca difundir su obra. Uno de los cuentos de mi libro es la historia de mi vida, la historia real de un gorila que perdió a toda su familia a manos de los cazadores.
¿Cómo fue eso?
Muy terrible. Los cazadores mataron a mi mamá y yo ya no festejo el Día de la Madre. Me encarcelaron y fue ahí donde aprendí a leer y escribir. Escapé como polizón en un container que venía a la Argentina. Me quisieron atrapar los agentes de aduana, pero yo me escondí entre un grupo de personas que hacían la propaganda de los calditos disfrazados de animales.
¿Dónde vivís?
Antes en Belgrano, ahora en Congreso.
¿Salís a la calle así todas las mañanas?
Sí, a tomar café. Voy al gimnasio, salgo a caminar, juego al tenis. Y esto es nada menos que mi trabajo: ser Barbú, el gorila escritor. Estoy muy contento con esto.
¿Y la gente qué te dice?
A veces se molesta. Otras veces lo toma bien y simplemente se ríe. Pero lo peor que me pasó fue cuando me echaron de la Facultad de Arquitectura. Ahí me gritaron "gorila" y me empujaron. Yo me puse muy mal, porque lo mío no tiene que ver con política.
¿Y por qué no hablás?
Porque los gorilas no hablan. Pero yo escribo. Soy un gorila escritor. Vos me hacés una pregunta y yo te la contesto por escrito, aunque te tenga al lado.
¿Te pondría celoso otro gorila escritor?
Si fuera un gorila de verdad lo querría como amigo. ¡Pero que no sea un tipo disfrazado! Porque si no lo denuncio.
¿Qué pensás de Copito de Nieve, el gorila albino?
Sé que murió de viejito.
¿Y King Kong?
Es mi favorito. Me puse muy triste cuando lo tiraron del edificio. Cada vez que veo esa película me largo a llorar.
¿Por lo que le hicieron los humanos?
Por lo que hacen en la realidad. Destruyen su hábitat. Son dañinos. Yo escribo cuentos para concientizarlos.
Para tomar, ¿qué elegís?, ¿un licuado?
A mí me gusta la caña de azúcar. Me gusta mucho. Pero más divertido es salir a asustar mujeres. ¡Salen corriendo!
¿Vas a sacar otro libro?
Quizás. Espero que cuando lo haga no me vuelvan a discriminar en ningún otro lado.
Los nervios me exasperan como nunca antes. La ansiedad me está matando. Una nueva Navidad está por venir. Pronto tendré que ponerme el traje rojo. Los niños esperan mi llegada y no los puedo defraudar. Sin embargo, los adultos impiden que les dé los regalos deseados. Las pastillas quieren hacerme olvidar quién era yo, o mejor dicho, quién sigo siendo. Una nueva Navidad está por venir y las paredes acolchadas me separan del mundo.
Todo empezó cuando me di cuenta que mi hijo no recibía regalos de Navidad. En principio le dije que al parecer no hizo suficientes actos buenos para que Papá Noel se acordara de él. Luego entendí que me equivoqué, mi hijo sí había hecho actos buenos: buenas notas en el colegio, siempre presente los domingos en la iglesia, y si algún anciano necesitaba ayuda para cruzar la calle, él estaba para socorrerlo. Entonces comencé a sospechar que Santa había muerto. Me enteré que muchos padres lo imitaban para que sus hijos no se desilusionaran y así mantener vivo el espíritu navideño. Copié el ejemplo y nunca más mi hijo se quedó sin un regalo.
Al pasar las Navidades, las emociones que recorrían mi cuerpo ya no eran las mismas. Ya no me alcanzaba con ver feliz a mi hijo, tenía que esforzarme un poco más. Cada vez que me ponía el traje rojo me sentía como si fuera el verdadero, así que en una Navidad recorrí el vecindario golpeando puerta por puerta, dando regalos. A muchas casas llegué tarde dado que no podía estar en varios lugares a la vez, perdiéndose el encanto de regalar a la medianoche. Esa fue una frustración que me motivo a entrenar mi cuerpo a fin de efectivizar mis tiempos. Un año de entrenamiento que mucho no me sirvió, porque la mayoría de los padres no creían en mí, y por no abrirme las puertas, dejaron sin regalos a muchos niños. Entonces decidí cambiar mi estrategia con respecto a dar un aviso previo, pero por buscar la sorpresa me encontré con el pánico.
Recuerdo muy bien los gritos de las madres, que aún retumban en mis tímpanos. Yo irrumpía en las casas para dar regalos, no para robar. Sin embargo, los hombres de azul no entendieron lo mismo. Me confundieron con un ladrón y me esposaron. Luego, gracias al señor del delantal blanco, conocí las pastillas, que por cierto eran muy coloridas y feas de sabor. Como no las quería, el hombre del delantal blanco se fue, y vino otro con un gran mameluco celeste que me obligaba a quererlas.
Así transcurrieron los días en este aislado cuarto, alejado de los niños, sobre todo de mi hijo. Un día me dijo el señor del delantal blanco: “Dada tu condición perdiste la custodia de tu hijo”. Yo nunca custodié a mi hijo, yo nunca lo vigilé, simplemente lo amé. ¿Por qué los adultos me separan de mi hijo? Lo extraño demasiado, quiero tenerlo cerca de mí. La nostalgia de su flequillo colorado y sus hoyuelos me enloquece. Lloro todas las noches y su ausencia despedaza mi corazón. Una vez hice un berrinche tan grande que el señor del delantal blanco procedió a presentarme otras pastillas de su repertorio. Me dijo que si las tomaba mis lamentos desaparecerían. No pasó nada, pero me hice el tonto y me tranquilicé. Si continuaba con esta actitud, vendrían los pinchazos. A un compañero lo pincharon tanto que dejó de hablar. Sólo abría la boca dejando caer hilos de saliva. Yo no quería quedar así, a pesar que las pastillas lograron dejar algunas lagunas blancas en mi memoria. Tal efecto estremecedor consiguió que perdiera la noción del tiempo, hasta que olvidé la fecha de la última vez que vi a mi hijo. De cualquier manera, debe haber pasado mucho tiempo; ahora mi cuerpo está viejo y arrugado.
Reitero: la ansiedad me está matando. Sabía que pasada la medianoche una nueva Navidad se celebraría. Ésta sería como las de antes. Tengo el traje rojo en mis manos otra vez; eso me da razón suficiente para creer. Por eso estoy un poco inquieto, pronto tendré que ponérmelo. No sé por qué el señor del delantal blanco me lo dio, si hasta parecía enojado. No importa, soy yo nuevamente. Sin embargo faltan los regalos.
No es un detalle sin importancia: ¿Cómo demostraría ser quién soy sin los regalos? ¿Cómo animaría la fiesta con las manos vacías? ¿Cómo? Sin que nadie me responda, con tristeza me pongo el traje rojo.
Soy un fracaso. Tan cerca estaba, pero ahora vaticino una Navidad sin regalos, sin magia. Ni siquiera un pan dulce para compartir. Me siento abatido y sólo una brisa es capaz de despertar la esperanza.
Una corriente fugaz proveniente del exterior de mi cuarto me vitalizó. Otra vez la puerta de mi cuarto se abrió, y me dieron una bolsa llena de postales navideñas y algún que otro pulóver tejido a mano por alguna abuela. No son los mismos regalos que acostumbraba obsequiar, pero sirven. Peor es nada.
Dejan la puerta abierta. Salgo del cuarto. Mis compañeros están reunidos alrededor de un austero árbol navideño. Veo sólo rostros sintéticos, sin vida, que juntos comparten la soledad. Pero el ambiente no me deprime y pienso en positivo. “¡Feliz Navidad!”. Entonces volví... volvieron... volvimos. Sonrisas por regalos es el intercambio. Comprobé que los verdaderos locos están afuera; aquí hay muchas personas buenas, que creen en mí y que están dispuestas a festejar la Navidad.
Sobre todo una a quien no veía hacía bastante tiempo, y que ahora se me presentaba con una apariencia diferente pero reconocible. Su flequillo colorado había desaparecido, se lo notaba más maduro, pero sus hoyuelos se podían distinguirse a pesar de su barba. Mi hijo es el artífice de este maravilloso presente navideño.
Esta noche cada uno tiene su regalo. Yo también tengo uno, el mejor de todos: el abrazo con mi hijo al que tanto extrañé.
No se confundan, el verdadero regalo es siempre la acción y el sujeto, nunca el objeto.
El Pianista: El dedo no daba en la tecla. Tenía un piano y no sabía como tocarlo. Me sentía pequeño. El silencio impaciento al público y cuando todo empezó a girar, recordé la partitura que nadie se cansaba de escuchar. Por más que lo intentara, por más cuerda me dieran, la frustración de no poder cambiar la melodía me arrebataba la vida.
El timbre impertinente del teléfono separó la mano de Graciela de la humeante taza de té. Provenía del comedor y el sólo hecho de cruzar el pasillo la fastidiaba. Entre el llamado y ella, se interponía un campo minado de crayones, marcadores y cartulinas. Tomás, abstraído por su imaginación, no notó la presencia de su madre que buscaba sortear los obstáculos. Sin aminorar la marcha, en el instante que pasó a su costado, lo retó ligeramente por no jugar en su cuarto. El instante fue tan fugaz que apenas advirtió que Tomás tenía un marcador que sangraba tinta azul en su boca. Pero, insistente el teléfono, se apoderaba de sus sentidos y en consecuencia de sus preocupaciones. Eran los de la compañía telefónica para informarle que le cortarían momentáneamente la línea por unos arreglos. Esbozó un improperio. Al regresar encontró el pasillo vacio. Tomás la había obedecido. Ahora era la televisión quien le hablaba. Una mujer en dos dimensiones batía una masa blanca pegajosa, con una sonrisa que nacía de una oreja y terminaba en la otra. Era una sonrisa contagiosa, una que sólo podía sintonizar buenas vibraciones. Entonces, ya relajada y sonriendo alzó la taza de té sin apartar la vista de la pantalla. Sin embargo, antes que pudiera probar el té, su nariz encontró un objeto extraño en el interior de la taza. Se trataba de un ahogado marcador sin capuchón. _ ¡Tomas! Gritó desencajada. Con el marcador en la mano emprendió rumbo al cuarto de su hijo. La puerta entreabierta le enseñó todo el panorama. Una reacción química paralizó sus ojos, el temor la arrodilló cerca de él. El rostro de Tomas estaba azul y no por la tinta sino por asfixia. La ausencia del capuchón en el marcador ensambló el rompecabezas. Un pedazo de plástico atorado en su garganta estaba arrebatándoles simultáneamente la vida de los dos poco a poco. Convulsionada, levantó a su hijo como si fuera una pluma y lo cargó hasta el comedor. Sin desprenderse de él, levantó el tubo del teléfono para llamar a emergencias pero la línea ya estaba muerta.