jueves, 15 de julio de 2010

Italia 90`: Goycochea, la figurita imposible.

El oficial leyó la carta:

“Mi nombre es Juan Carlos Oviedo y soy el principal culpable de que Argentina perdiera la final del mundo a manos de Alemania en Italia ‘90.”

“¿Por qué? ¿Qué pudo haber hecho un niño que aquel entonces tenía diez años para incidir en un resultado de un partido de fútbol que se jugaba en otro continente? Aunque no lo crean, hizo mucho.”

“Como todo niño amante del fútbol, coleccioné las figuritas oficiales del Mundial. No parábamos de intercambiar figuritas en los recreos del colegio. A mi mazo de repetidas, que incluía tres Maradonas y un Caniggia, lo cuidaba como oro; nunca intenté cambiarlas en clase y terminar como todos esos compañeros míos a los que les confiscaron sus mazos.”

“Más lejos avanzaba Argentina en Italia, más crecía el entusiasmo. Ya empezaban a sumarse las nenas al mercado de figuritas, mientras los varones dejábamos de jugar picados en el patio para empezar a patear penales como si en el arco estuviera el mismísimo Goycochea.”

“Goycochea. Sergio Goycochea. “El Goyco”. Si los chicos futboleros del ’90 teníamos un sueño, ese era llegar a ser como el Goyco. Cada uno que atajara un penal pasaba a ser “el Goyco” por unos minutos. Y claro, ¿cómo no iba a ser el héroe argentino, si sus manos y sus reflejos debajo de los tres palos nos ayudaron a eliminar a Yugoslavia en cuartos y a Italia en semifinales?”

“Gracias al Goyco llegamos al sueño de enfrentar a Alemania Federal en la final. Gracias al Goyco volvíamos a repetir la final del ’86.”

“Era un sueño que moría en el álbum de figuritas.”

“¿Quién no quería tener a Goycochea en el álbum? Al parecer, la editorial Panini, ya que no lo tuvo tan en cuenta como el Narigón Bilardo. En el álbum aparecía Nery Pumpido como arquero titular y Luis Islas como suplente. La cosa, por si no lo recuerdan, es que cuando la Selección ya tenía sacado el pasaje para Italia, Islas no quiso ser suplente y se fue del plantel, por lo que Bilardo convoca a Goycochea para ocupar su lugar… y luego el lugar del propio Pumpido tras su lesión en el partido contra la Unión Soviética.”

“Que Islas desertara de la Selección fue algo tan drástico que me hizo imposible encontrar su figurita. Tanto fue así que faltando dos días para la final, la única figurita que me faltaba para llenar el álbum era la del bendito Islas. El último “nola” que pude conseguir fue la de un tal Tony Cascarino, de Irlanda, que me costó un Maradona. Pero Islas estaba tan perdido que ni Colón desde la carabela lo hubiera avistado.

“Eso sí, sobraban las de Brehme, había tantas de Lineker que terminaban pegadas en las sillas como chicle de bondi, cada botella tenía una de Bebeto pegada, las chicas se pasaban mensajitos en las de Roberto Baggio, o incluso había figuritas de Francescoli para cebar mates de acá hasta Montevideo, pero Islas… nadie lo tenía”.

“Ese viernes tenía que comprar unas cartulinas para no sé qué trabajo de la escuela, pero usé la plata para comprarme un sobre de figuritas. Me gasté los diossabecuántos miles de australes que me dio mamá para comprarme un último paquete de figuritas para el álbum. Al diablo la tarea; no iba a llegar a la final del Mundial faltándome una sola figurita para tener completo el álbum.”

“Ese día había por lo menos tres chicos antes que yo en la fila del kiosco, que me quedaba de paso mientras volvía solo (a esa edad ya podía) del colegio. Uno de esos chicos debía estar bastante peor que yo con su álbum, se llevó como veinte sobres. La cuestión es que cuando llegó mi turno, sólo quedaba un sobre medio pegoteado con el adhesivo de la caja contenedora. Cuando el kiosquero sacó el sobre de la caja, por accidente lo rasgó y dejó a la vista la base de la primera figurita… y no había dudas: era el buzo de Islas.”

“Ni bien pagué abrí el sobre y descubrí que estaba equivocado… pero fue la mejor equivocación que me podía pasar. Tenía que ser una ilusión, tan confundido estaba que reprimí el júbilo. A primera vista, y a segunda y tercera también, la figurita era igual que cualquier otra: tenía la pelota y la leyenda “Italia 90” en el extremo superior izquierdo, en el derecho estaba esa mascota de palos con los colores italianos, y en la base la banderita argentina. La tipografía era la misma, pero lo que la hacía única era la fotografía y el nombre al pie.”

“Porque el nombre al pie de la foto no era el de Luis Alberto Islas, sino el de Sergio Javier Goycochea.”

“Ni me importó que al volver mamá me castigara por no comprar las cartulinas y me prohibiera jugar al fútbol ese sábado; ya tenía la figurita del Vasco y con eso me bastaba. Tan valiosa era que dudé en pegarla en el espacio que le correspondía a Islas, tenía miedo de que el adhesivo la arrugara, pero más miedo tenía de perderla”.

“La penitencia del sábado me dejó tanto tiempo sin hacer nada que finalmente me colmó la paciencia y completé el álbum. Era el chico más feliz de la Argentina y si ENTel no nos hubiera estado debiendo la instalación del teléfono desde el ’84, me hubiera pasado la tarde entera hablando con mis amigos... o por lo menos los que tuvieran teléfono, pero esa es otra historia. Como hijo único, sólo tenía a mis viejos para compartir la alegría.”

“Ni bien me desperté el domingo, revisé el álbum y comprobé aliviado que mi ídolo seguía encabezando el plantel argentino. Las horas de la previa se hicieron tan largas que la ansiedad me mató el hambre, apenas pude terminar medio plato de ravioles. Esperé expectante con mis viejos a que la selección saliera a la cancha. Papá había comprado nuestro primer televisor color para ver el Mundial y la imagen era tan nítida que me estremecí de pánico cuando vi a Luis Islas con el buzo de arquero en vez de a Goycochea.

“Debí haberme quedado afónico de lo mucho que les grité y lloré a mis viejos para decirles que estaba el desertor Islas usurpando el lugar del Goyco en el arco, pero no me creyeron nada… y terminé ligando un sopapo cuando colmé la paciencia de papá. ‘O mirás el partido callado o te vas a tu cuarto’, me gritó. En silencio me quedé, aunque no hubiera podido hablar más de la impotencia cuando el mexicano Codesal, que hacía de árbitro, inventó un penal de la nada a favor de Alemania y en el arco estaba Luis Islas. Brehme puso la pelota en el punto de penal, la pateó y pasó lo que tenía que pasar: 1-0. Y unos cuantos minutos después, la Copa para Alemania.”

“Hasta este último día de mi vida sigo pensando que si me hubiera tocado la figurita de Islas en vez de la de Goycochea, otra hubiera sido la historia”.

“Pasaron veinte años de ese día, y como para marcar el aniversario, Alemania deja a la Argentina afuera del Mundial, esta vez en cuartos y con una goleada que no necesitó penales inventados. Quisiera poder dejarles el álbum de figuritas para que lo comprueben ustedes mismos, pero me acuerdo que lo hice papel picado en un ataque de furia cuando Lehmann se macheteó para eliminarnos del 2006.

“Nunca pude recuperarme del gol de Brehme.”

El oficial levantó la vista y contempló el nudo de la sábana que ahogaba el grito de gol de Juan Carlos Oviedo, mientras el fotógrafo forense disparaba una Polaroid para revelar al instante la imagen.

Tuvo que verla varias veces, porque el rostro en la fotografía no se parecía en nada al del cuerpo que colgaba de la sábana.

Extrañado, el fotógrafo le pasó la foto al oficial, que haciendo a un lado la carta miró la imagen y al instante acudieron los recuerdos de esa final de 1990, porque el rostro era uno que se le había grabado en la memoria del odio y de la bronca que le hacía sentir.

El hombre en la foto era un mexicano llamado Edgardo Codesal Méndez.


Álbum de figuritas: evidencia 1


Álbum de figuritas: evidencia 2



martes, 15 de junio de 2010

Insomnio.


Cuando la madrugada agoniza, a menudo me pregunto de dónde vengo y de dónde nace aquella inquietud por saberlo. Me revuelco en la cama con la intención de tumbar, aunque sin éxito, aquellas dudas que comparto con el resto de la humanidad. Me persiguen como si yo tuviera la culpa de su existencia. Surgen de aquellos pozos racionales que me faltan rellenar y a los que con resignación, para sentirme completo, remiendo provisoriamente con parches que demandan oraciones de cambio y perdón hacia un ser que aún siendo difícil de imaginar, es fácil de sentir con sólo tocar sus creaciones, con sólo dejar que se unan estrechamente con mis sentimientos, en vínculos que al llorar se enredan hasta romperse, dejando que sus vestigios permanezcan por siempre adornando mi soledad.

Por eso vuelvo a preguntarme tanto de dónde vienen como de dónde vengo, qué causa sus apariciones en un determinado momento y espacio de la supuesta línea recta que traza mi vida; como a su vez, qué hace que me entrometa en sus vidas, en las líneas que ellas trazan, que con otras líneas que quizás nunca vaya a rozar, terminan por formar un enrejado que atrapa mis deseos de saber dónde comienzan dichas líneas, dónde nacen nuestras existencias, dónde hallar nuestros orígenes.

Mis ojos, que de tanto frotármelos están rojos, sólo quieren descansar, pero no pueden porque me desespero por conocer quién plantó el primer árbol, qué sirvió de alimento al primer pez, qué amamantó al primer bebé, quién oculta al sol de la luna todos los días y qué permite que conserve mi aliento. La intolerancia ante la idea de ser un completo ignorante atrofia cada músculo de mi cuerpo. El pánico surge de mis extremidades y llega a mi corazón con el objetivo de paralizarlo de un susto. ¿Cómo no voy a tener miedo? Sin conocimientos, estoy a la deriva, sin brújula que me mantenga en el camino correcto.

El reloj despertador esta a punto de chillar, y me daré por notificado de la llegada del nuevo día gracias a una máquina. Quizás dentro de un año, llegado este preciso instante, el despertador se halle olvidado en un rincón de mi pasado, y quizás no sea un ruido el que me despierte, sino la sensación de asfixia por el calor que abruma mis vías respiratorias. Un calor que sólo se compara con el del desértico Medio Oriente. O quizás me despierte por un desperfecto en aquella usina que mantiene caliente la tienda en el estéril suelo de Alaska. O acaso sea la luna llena, acompañada por los aullidos de una jauría de lobos en lo alto de la montaña, la que me incite a estudiar el comportamiento de estos fantásticos animales. O tal vez no necesite levantarlo, no porque ese día me sorprenda descomponiéndome en un cajón tallado, ni porque esté trabajando de sereno, sino porque me desvelé acunando a mi hijo.

Pensar en un futuro incierto mantiene mi moral elevada, porque son los misterios de la vida los que me mantienen con vida, los que conservan mi aliento y los que me brindan el regocijo de este tiempo conmigo mismo. Si bien es cierto que las dudas que aparecen en la madrugada me privan de varias horas de sueño, fue mi humildad, que debo admitir que no siempre consigo encontrar, la que me hizo aceptar este oficio que emprendo desde que tengo uso de razón, con el fin de descubrir aquellos detalles que hacen de nuestra existencia algo interesante.

Sin misterios por desvelar, sin secretos por desnudar, la vida no tiene intriga. Sin misterios, la vida no puede sorprender a los inocentes ni asustar a los cobardes.

Sin misterios, la vida carece de sentido.

El escritor es un científico sin diploma.

Barbú, el primer gorila escritor.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los diez mandamientos del gorila.


HOMBRE:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

3. Santificarás las fiestas.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre.

5. No matarás.

6. No cometerás actos impuros.

7. No robarás.

8. No dirás falso testimonio ni mentiras.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10. No codiciarás los bienes ajenos.

Bonus Track:

11. Que os améis unos a otros; como yo os he amado... (citando a Jesús)

GORILA:

1. Amarás a la naturaleza sobre todas las cosas.

2. No industrializarás usando el nombre de la evolución en vano.

3. No temerás a la superstición.

4. Honrarás al gorila de espalda plateada.

5. No imitarás la caza.

6. Cometerás adulterio, la mortalidad infantil es alta.

7. No leerás Adam Smith.

8. No revelarás al hombre la verdad sobre la teoría del Big Bang.

9. No reprimirás los deseos de cometer adulterio, estás en peligro de extinción.

10. No codiciarás los bienes del hombre.

Bonus Track:

11. Jamás amen a otras especies como el hombre las ha amado.

sábado, 6 de marzo de 2010

Haciendo las paces.

De Barbú,
para todos aquellas personas que escriben.


Las cosas con Florentina estaban mal. Digo cosas para resumir y no explayarme sobre mis vaivenes en carreras universitarias, mi estancamiento laboral, mi pésima relación con sus padres y la semana de retraso que su panza porta. Las cosas estaban mal, pero como poeta de segunda que soy logré, gracias a fragmentos del pasado y promesas carentes de argumentos, inducirla a olvidar el café y acercarla a una cantina ambientada con luces que respetan la oscuridad.

Nos sentamos. A pesar de mirarla fijamente, no encontré sus ojos. Le tomé la mano como un signo de amor, pero ella pretendía algo más que amor, demandaba compromiso. No quería una caricia, fantaseaba con un anillo. El rechazo no se hizo esperar. No le hizo falta levantarse e irse, el golpe fue certero e inesperado así como fue. En la esquina del cuadrilátero, recuperando aire, me atacó la sospecha de que en realidad había entrado sólo al bar. Sabiendo que la tenía enfrente, me abstuve de vomitar lamentos y ocupé mis manos en el menú para fingir desinterés.

Antes que decidiera algo, ya tenía a una mesera de impecable delantal blanco husmeando en mi vida. Tuve suerte de que aceptaran credenciales de obras sociales, porque los sobreprecios de esa carta eran como para la internación. Mi garganta necesitaba dos tabletas de paracetamol, pero los pulmones de Florentina preferían un tanque de oxigeno y no me quedó otra que señalarle el precio. “Es una locura”, le susurré. No obstante, y renuente a aceptar mi suerte financiera, insistió con la famosa frase: “podemos compartirlo”. Siendo que la credencial tenía un límite que me impedía estar de acuerdo, opté por un baño de eucalipto con suficientes muestras gratis de perfume como para disimular.
De no ser por la distracción que provocó un jubilado que le exigía al cantinero que le permitiera llevarse a su casa el sulfato de glucosamina que pedía, nos hubiéramos rendido al silencio. El cantinero le respondió educadamente que podía consumirla adentro, pero el anciano declinó la oferta y se fue con su artrosis a otra parte. Por fortuna la mesera no se demoró y nos sirvió las dos tabletas de paracetamol y una cacerola humeante, diciendo: “ahora vuelvo con las muestras gratis”. Sin dirigirme la palabra, Florentina comenzó a inhalar el vapor. Su cabeza agachada me brindo un mejor panorama de la cantina, y me entretuve con las actividades mundanas del resto de los pacientes mientras consumía las pastillas. Contemplé perplejo cómo un fémur fracturado saciaba su sed con un vaso de clavos, al tiempo que un soldado hospedaba insulina en su cuerpo. Sentí piedad al ver a una elefanta sin trompa llorar desconsoladamente sobre una balanza, y luego escalofríos al distinguir entre el tumulto a un ovíparo que me guiñaba un ojo con un toque de seducción. Un ojo que se transformó en otro que me preguntaba en qué estaba pensando. Florentina se había tomado un descanso de su refresco, y arrinconado le respondí con una mentira: “en nosotros”. Ese era el problema, precisamente no estaba pensando en nosotros y ella lo sabía bien; por más que le mintiera, por más que la quisiera, por más que la amara, sólo me importaba vivir el presente, y el cruce no tardó en llegar.
Sólo que esta vez sí se marcho.

La depresión me llevó a buscar respuestas en el menú, pero para mi sorpresa éste había cambiado. Repentinamente a mi lado, la mesera me sonreía con una expresión que delataba el repentino cambio de dueños. “¿Qué libro desea leer?” quiso saber y le respondí discretamente: “Uno vacío como mi alma”. Al rato me entregó un libro muy liviano que en lugar de hojas tenía plumas. Al abrirlo una ráfaga de viento lo desplumó e hizo que las plumas formaran nubes de palabras. Queriendo leerlas a todas, me subí a la mesa para alcanzarlas, pero las plumas se escabullían de mis manos y adquirieron tanta altura que me forzaron a saltar, aunque mis pesados zapatos ortopédicos me lo hicieran imposible. Los usaba porque siempre alguien tiene que corregirme los pasos, no puedo deambular sólo por la vida, porque correría el riesgo de tropezarme, y les aseguro que no es lindo trastabillar cuando se está escalando una montaña.

El clima se tornó violento. El esfuerzo trabajoso de respirar me hizo lamentar mi pasada avaricia de no pedir el tanque de oxigeno. Tarde o temprano, ella siempre terminaba teniendo la razón.
Esta vez debía enfrentar la angustiante travesía yo sólo.

Aquella cumbre nevada que estaba a varios metros de mí despertó nostalgia por el helado de burbujas que compraba mi abuelo. Un helado gasificado: el invento del siglo XX. Todavía hoy me salpica en la cara la ebullición de la crema. Con mi rostro humedecido comencé a buscar respuestas, encontrando a mi lado una cascada de canillas. Los grifos descendían velozmente, y para capturar uno de ellos liberé mi mano izquierda mientras me aferraba a una roca con la derecha. Logré mi objetivo y prevenir una caída, pero no evité que otro grifo me golpeara el antebrazo. Conteniendo las ganas de gritar, me concentré en girar la perilla del grifo que había atajado, pero de allí no salió ni una sola gota que me pudiera hidratar. Arrojé el grifo para que cayera con los demás y me persigné antes de seguir mi ascenso. A medida que escalaba, la temperatura disminuía y los vientos me desnudaban paulatinamente sin despojarme de ninguna prenda. Al rato, el vértigo se hizo presente para abofetearme cada vez que me detuviera a mirar el pasado. El pánico terminó por inmovilizar mis extremidades, sin dejarme más alternativa que aguardar hasta que emergiera uno de esos recuerdos que no suelen compartirse, que inspiran coraje. Con sólo pensar en él, ocultó mis ojos detrás de mis párpados y me hizo trepar a ciegas por encima de todos mis temores, ignorando los peligros latentes.

En la cima aguardaba mi destino. En la cima estaba ella, estaba la imaginación. Una masa deforme de ideas sin sustento racional, tan deforme que en el momento previo a nacer, a su madre le pusieron una rampa entre las piernas. Una masa porosa que se arrastraba hacia mí como una serpiente al no poder caminar. La idea no me agradaba y quería mi vida de vuelta, por lo que sin advertencia previa ni respuesta a sus súplicas la golpeé, aunque no pude lastimarla ni mucho menos alejarla. Con cada golpe de mis puños emanaba una creación que cobraba vida en mi cabeza y brincaba entre las demás en busca de un padre.

Mi novia tiene una semana de atraso. No puedo abandonarla. No puedo.


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martes, 9 de febrero de 2010

Enamorado.


Nunca es demasiado tarde para enamorarse.


De un sacudón, ella me despojó de la oscuridad. Me salvó de la miseria y con delicadeza y en forma paulatina, como para que no sintiera un cambio abrupto, logró que el frío circundante hirviera, abrasando a todos mis pecados. Su sonrisa candente iluminó mi rostro acostado, vigorizando mis mejillas, devolviéndome mi vida profanada por el fondo de una botella. Ni la madre de mi hija había sido capaz de brindarme esa misma seguridad que sólo en la cuna pude palpitar.

Sus ojos celestes reavivaron el mar perdido en mis recuerdos. El meneo de su cuerpo era similar al de mi barcaza en el medio del Río de la Plata y su perfume a manzana despertó mi apetito a la merienda que disfrutaba en el ocaso. Su peinado, que caía detrás de su nuca, no fue lo suficiente intimidante para que algunos de sus rizos escandalosos no huyeran del recato generacional, rejuveneciendo así a este marchito marino.

Ella tomó la iniciativa. Me destapó hasta los pies y sin desnudarse, quizás por pudor a hacerlo o pretendiendo conservar el misterio para el final, sujetó una regadera y comenzó a bañarme. El agua borró cada porquería del callejón que se pudiera haber aferrado a mi cuerpo para distanciarme de la sociedad. Pero en ningún momento ella sintió temor a conocerme.

Una vez bañado, con mucha ternura y una pizca de pasión, no tardó en acariciar todo mi ser, mis entrañas. Sin palabras de por medio, sólo a través de sus manos, fue descubriéndome. No le molestó que fuera alcohólico, es más: estaba dispuesto a dejar el vicio si a ella le alteraba, pero sin decir nada me hizo entender que si tenía que dejar de beber, lo tenía que hacer por mí y no por nadie más.

Sus intrépidas manos, definitivamente, robaron mi corazón. Al igual que cualquier mujer, jugaron un poco con él y lo devolvieron a su propietario con esas marcas incurables que solo el amor es capaz de lograr. Después de un masaje capilar, juzgó mis ideas pesándolas en una balanza. Al parecer algo no le gusto de mi modo de pensar y me dejó solo con el alma de su fragancia. No quería que me abandonara como lo había hecho mi hija, aunque es verdad que yo también cometí méritos suficientes para perderla.

Cuando creí que nunca más iba a volver, que mi destino era regresar hacia aquel agujero nauseabundo, apareció con el propósito de dejar todo en su lugar. Deseosa de limpiar cualquier evidencia que la encontrara culpable de los celos de su marido, me cubrió por completo con la sábana, dejándome sólo la tela blanca ante mis ojos y suponiendo que yo sólo había sido un refugio temporario y prohibido.

Ella se equivocó en el diagnóstico final: dijo que la causa de mi descanso fue una cirrosis acumulada sigilosamente durante años. En realidad la causa, la cual yo no comprendí hasta conocerla, fue encontrarla.

No sé si volverá para presentarme su nombre. No sé si mis labios tendrán la oportunidad de sofocarse con los suyos, como tampoco sé si esta vez podré desabotonarle el delantal. Pero de algo estoy seguro: sea cual sea mi destino, ella será quien me empuje a él.



viernes, 5 de febrero de 2010

El beso.


El sobre estaba perfumado. El aroma a rosas despertó mi curiosidad sobre lo que Laura pudo haber escrito. Lo abrí. Estaba escrito a mano y al pie de la carta brillaba el desenlace: la huella roja de sus labios carnosos. Tuve el impulso de machacar el papel de un beso, pero antes decidí leerla. El ritmo de las palabras describía rabia, dolor y abandono. La última oración resumía su contenido: “Jamás serán tuyos”.

Eso lo veremos.

Por lo menos yo tengo un empleo. Memoricé la dirección del remitente para después del recorrido y metí la carta en el morral.

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domingo, 24 de enero de 2010

En la revista Maxim.

NOVIEMBRE 2009

Barbú es el primer simio escritor. Su libro, La fuga del tiempo, que fue publicado por la editorial CADAN, se presentó en la Feria del Libro. Posta. Nos enteramos de su existencia por un folleto que decía "Hubo grandes escritores. Solo una bestia". Quien lo haya escrito tenía que ser alguien genial. Lo encontramos en la esquina de Libertad y Avenida de Mayo, junto a un mozo-que era su dealer de bananas. Mirá.

¿Porqué te disfrazás de gorila?

No soy un hombre disfrazado de gorila.

¿Y qué sos?

Un escritor que busca difundir su obra. Uno de los cuentos de mi libro es la historia de mi vida, la historia real de un gorila que perdió a toda su familia a manos de los cazadores.

¿Cómo fue eso?

Muy terrible. Los cazadores mataron a mi mamá y yo ya no festejo el Día de la Madre. Me encarcelaron y fue ahí donde aprendí a leer y escribir. Escapé como polizón en un container que venía a la Argentina. Me quisieron atrapar los agentes de aduana, pero yo me escondí entre un grupo de personas que hacían la propaganda de los calditos disfrazados de animales.

¿Dónde vivís?

Antes en Belgrano, ahora en Congreso.

¿Salís a la calle así todas las mañanas?

Sí, a tomar café. Voy al gimnasio, salgo a caminar, juego al tenis. Y esto es nada menos que mi trabajo: ser Barbú, el gorila escritor. Estoy muy contento con esto.

¿Y la gente qué te dice?

A veces se molesta. Otras veces lo toma bien y simplemente se ríe. Pero lo peor que me pasó fue cuando me echaron de la Facultad de Arquitectura. Ahí me gritaron "gorila" y me empujaron. Yo me puse muy mal, porque lo mío no tiene que ver con política.

¿Y por qué no hablás?

Porque los gorilas no hablan. Pero yo escribo. Soy un gorila escritor. Vos me hacés una pregunta y yo te la contesto por escrito, aunque te tenga al lado.

¿Te pondría celoso otro gorila escritor?

Si fuera un gorila de verdad lo querría como amigo. ¡Pero que no sea un tipo disfrazado! Porque si no lo denuncio.

¿Qué pensás de Copito de Nieve, el gorila albino?

Sé que murió de viejito.

¿Y King Kong?

Es mi favorito. Me puse muy triste cuando lo tiraron del edificio. Cada vez que veo esa película me largo a llorar.

¿Por lo que le hicieron los humanos?

Por lo que hacen en la realidad. Destruyen su hábitat. Son dañinos. Yo escribo cuentos para concientizarlos.

Para tomar, ¿qué elegís?, ¿un licuado?

A mí me gusta la caña de azúcar. Me gusta mucho. Pero más divertido es salir a asustar mujeres. ¡Salen corriendo!

¿Vas a sacar otro libro?

Quizás. Espero que cuando lo haga no me vuelvan a discriminar en ningún otro lado.

Entrevistado por Martín Rivas.