sábado, 19 de septiembre de 2009

La Novia.


Marina contenta se colocaba los aretes mientras pensaba repetir el fantástico paseo que vivió con Ramiro el fin de semana pasado. Imaginaba a Ramiro ayudándola a empujar el cochecito de su hija María Mercedes a través del zoológico y agotando la memoria de la cámara digital exclusivamente con ellos tres. Planeaba también comer bizcochos y jugar al bingo en la kermés vecinal hasta el anochecer. Luego de acostar a María Mercedes, sorprendería a Ramiro llevándolo de la mano a la peña como si fueran dos adolescentes. Marina siempre quiso formar una familia y Ramiro era su oportunidad. “Tan sólo te vi una vez y caí perdidamente en tus brazos”.
Tanto fantaseó que ya era la hora, pero el retraso inesperado de Ramiro le dio más tiempo en preguntarse qué pollera vestir: la larga que le llegaba hasta los tobillos o la corta que le llegaba hasta las rodillas. “Creo que me conviene usar la corta, pero la larga combina con el conjuntito rosa que tiene María Mercedes. Mejor me pongo la larga.”
Ansiosa, miró la hora: Ramiro llevaba más de media hora de retraso. Lo llamó al celular pero nadie contestó. No se resignó y probó varias veces más. No había respuesta. “Debe estar viajando en el subte y seguro que no tiene señal”. Sin saber que hacer, volvió a pintarse los labios.
Pasó una hora y Ramiro no llegaba. Por otro lado el celular de Ramiro no respondía. Angustiada, consultó al subte sí la líneas funcionaban con normalidad y la respuesta tranquilizadora de la operadora la alteró más. “Pero no puede ser, la línea H debe estar interrumpida”.
Los nervios crispados de Marina alteraron el sueño de María Mercedes. El llanto demandaba atención, pero Marina estaba muy ocupada con la computadora, navegando en Internet, buscando un teléfono alternativo en el perfil de Ramiro en el sitio “Nunca más sola”. No lo encontró. Ramiro la había eliminado de sus amistades.
La traición presionaba con fuerza su pecho. Desconsolada y sorda al llanto de María Mercedes, fue por el teléfono y marcó de memoria el teléfono del instituto de inseminación artificial. La operadora cortó la comunicación al reconocer su voz. Furiosa, sin saber la identidad del padre de María Mercedes, levantó bruscamente el teléfono, pero antes de arrojarlo contra el piso, respiró hondo y lo colocó suavemente en la mesa. Con sus ojos inundados de lágrimas, recordó que era madre y fue a ver como estaba María Mercedes.

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