domingo, 12 de julio de 2009

El aire que ella respira.


Sin noción del tiempo perdido, arrinconado en la desoladora oscuridad, camino por la vereda de la plaza con la tímida esperanza de que nuestros destinos converjan otra vez. Ella solía leer en el banco donde la plaza terminaba, donde los asmáticos motores, las perturbadoras bocinas y los estrepitosos neumáticos destruían la paz. Ella acostumbraba vestirse de blanco, como una novia a pie del altar, un blanco que hacía contraste con mi soledad, un blanco puro que siempre regresaba a mis sentidos. Ella estaba sentada tal cual la recordaba. Las palpitaciones hicieron despegar mis zapatos de la húmeda vereda. Caminé por las descuidadas baldosas. Guié mis pasos deseosos de volver alcanzar su fragancia a rosas. Me senté a su lado. Ella no notó mi presencia, estaba abstraída por la lectura. Me pregunté si sus carnosos labios tendrían dueño. Tendría que averiguarlo. Afirmé en voz alta que era un hermoso día de sol y una voz masculina a mi lado respondió que lo había sido, cayeron gotas sobre mi rostro y abrió el paraguas protegiéndome de la lluvia mientras me ayudaba a cruzar la calle. La oscuridad manda.

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